CUCURTO

chorreos e improvisaciones

03


NOV

19


DIC

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efectuarán con cita previa.

Claudio Iglesias

La escena de cómo Cucurto empezó a pintar tiene varias versiones. Según un testimonio, empezó a arrancar afiches de la calle, a dibujarlos y escribirlos con marcador, a buscar imágenes en internet, a interesarse por los pintores del East Village y las figuras de una vanguardia tropical, artística y poética (Nueva York entendida como capital de Centroamérica es un tema fundamental para Cucurto, al igual que Rimbaud en África). Otra escena podría estar centrada en su trabajo en la Cooperativa Eloísa Cartonera en conjunto con María Gómez, su pareja en la vida real. Otra, en el contacto que tuvo de joven con la escena de artistas de Belleza y Felicidad. Cucurto puede dar la sensación de que recién está empezando como artista y dejar al público con la misma pregunta que se hace la familia del protagonista de Celestino antes del alba (dónde es que aprendió a hacerlo) pero también puede que tenga alguna carta guardada. Al personaje de la novela de Reinaldo Arenas las palabras le llegan solas: sabe escribir espontáneamente, ni siquiera aprendió a leer. Esta es una novela que parece tener una recepción particular entre pintores: fue el disparador del biodrama sobre Arenas que filmó Julian Schnabel, Before Night Falls (2000). En las pinturas de Cucurto inspiradas en la misma novela, vemos al protagonista escribiendo su poesía en los árboles, a su primo que lo acompaña y al abuelo que lo reprime por esa idiotez que hace y no aprendió a hacer (escribir). La serie de Celestino se complementa con el episodio de la muerte de Cordelia en Rey Lear. Cordelia es la hija de Lear, en el drama de Shakespeare. En grado inverso al personaje de Arenas, a ella las palabras no le salen de la boca y no llega a decirle a su padre cuánto lo ama. Lear se ofende por esta falta de elocuencia (que confunde con frialdad de corazón), la deshereda y deja el reino en manos de sus otras dos hijas, más locuaces pero malvadas. Como resultado del mal gobierno de las hermanas, la atmósfera se desorganiza, el caos se apodera del reino y el viejo rey debe salir a restablecer las leyes.

Mucho de lo que se escribió sobre Cucurto como pintor vuelve al tema de la educación, que es prioritario pero por las razones inesperadas: frente a sus cuadros se habla mucho de la técnica, su supuesta falta o su aparición inexplicable. La idea del arte outsider o “atolondrado” (como él diría) puede ser un obstáculo al momento de considerar su trabajo: hay poco aquí del personaje del escritor que pinta, que en la literatura argentina tiene muchos representantes. En cambio, la idea del escritor que se transforma en pintor puede ser una pista más interesante. El escritor que pinta, lo hace como amateur, y en eso no es distinto del presidente que pinta, ni mejor ni peor. El escritor que se transforma en pintor en cambio deja de escribir (así sea simbólicamente) para pintar sobre lo que escribieron otros. Una de las primeras series de Cucurto es la de los retratos de escritores sobre fondo azul, en los que puede reconocerse a Mario Levrero, Alfonsina Storni, entre otrxs. En esa serie de escritores, su propio autorretrato falta. Cucurto puede escribir o pintar pero deliberadamente elige correrse del cuadro de honor de escritores, ya que no es el escritor profesional que en su tiempo libre pinta. (“No tengo tiempo libre”, dice cuando le preguntan.)
La pintura sobre la que vuelve Cucurto además es una pintura de la contracultura del panteón latino y negro; una pintura de la comunicación, una pintura muy imbuida de la calle y el afiche, pero también de marginación, de violencia social, de “extremo peligro” como dice Cucurto. El mejor arte es el que podés llegar a ver y entender cuando salís apuradx del subte, decía Andy Warhol. Un gran cartel o pancarta de una boca que se abre frente a una cuchara. El sentido que le vayas a dar, mejor que se lo des rápido. Extendiendo esa enseñanza, el cuadro cucurtiano tiene que tener gancho, tiene que tener tamaño y tiene que tener “lejos”, tiene que ser fácil de captar a la distancia incluso si fue pintado en el departamentito del centro en el que viven Cucurto, María, la hija que tienen y la gata, y donde los cuadros pueden congregar incluso a varixs invitadxs más.

Hasta ahí, la pintura es comunicación pura, publicidad, afiche. Mucho tiempo Cucurto utilizó materiales de militancia estudiantil: papel madera, papel recuperado, papel de cualquier tipo coloreado con cualquier cosa. ¿Con eso alcanza? La pintura atolondrada no reniega de la publicidad en lo más mínimo, y tampoco de los centros de estudiantes. Pero la forma es la continuación de la palabra en la medida en que un pintor decide no pintar “como escritor”. Cada pintura es como un taller, pero no como el taller de un pintor, sino como un taller de palabras y conceptos, una unidad de fabricación ideológica. La pintura tiene que darte ganas de hacer cosas o producir un poco de saliva. Las pinturas de Cucurto son pizarrones, al igual que las poesías del caraqueño Simón Rodríguez. A Cucurto se le señaló alguna vez su inmediatez en desmedro de la educación académica, pero sus pinturas no son solamente super eruditas sino que son generosas con su erudición. Son obras con vocación de enseñanza, en la mejor tradición del arte latinoamericano, conciente de que el conocimiento sin propagación no existe, que no puede llegar a nada. Este carácter doctrinario de las pinturas tiene un eco en el texto de Arenas, donde el personaje escribe poesía en los troncos, a falta de papel, y las poesías quedan allí como pósters en los árboles que el abuelo sale a talar en su continua tarea de represión del deseo y del sentido. Cuando se emancipa del tiempo libre la pintura se convierte en comunicación pura, materia volátil que agrupa las mentes y las pone a trabajar como si el pensamiento fuera una coreografía. En ese punto Cucurto se pone en una posición muy incómoda: liberada del yugo del tiempo libre, la pintura se muestra sin vergüenza como trabajo: la pintura es técnica, a su manera es parecida a la conciencia y a la militancia política. ¿Y por qué todo esto es incómodo? Porque Cucurto toma todas estas decisiones como una persona que ya se desarrolló profesionalmente en otro ámbito.

El “milagro” que supuestamente asiste al protagonista (saber leer sin aprender a leer) es una analogía de la movilidad social en un mundo humano jerárquico y violento: cuando un individuo particular se mueve en la escalera social, el trauma no se resuelve sino que se manifiesta. El personaje de Arenas está entre dos mundos, ya que lee pero no integra el grupo social de quienes saben leer. ¿Por eso la identificación de Cucurto con Alfonsina Storni? La escritora representa la actitud conflictiva y peleadora hacia la desvalorización social, profesional y sexual. (Recordemos que los escritores de la revista Sur la despreciaban por inmigrante además de por mujer.) La pregunta es qué hacer con las normas sociales (y artísticas) en un mundo de violencia y peligro. ¿Qué debe hacer el que sabe leer aunque, por su origen, no puede explicar cómo aprendió a hacerlo? ¿Reprimir sus capacidades o al revés, fingir que es otra persona, que viene de otro lado?

Una salida (conocida en el arte argentino) es la ingenuidad artificial, la recaída voluntaria en una actitud naïf. Puede ser un naïf sumamente intelectualizado, además. La afinidad de André Breton hacia Henri Rousseau no era casual y no está lejos de la admiración que Julio Cortázar sentía por Leonor Vassena, una pintora argentina que en esta ocasión merece ser mencionada. De alguna manera el encare ingenuo de la pintura, el desaprendizaje de las técnicas académicas, el hacer desde capacidades parciales y situaciones sociales específicas, desde la ruralidad, o desde la marginación de género, o desde el punto de vista estrábico que otorga sobre el arte el ejercicio de un empleo paralelo, etc., eso resuelve la mitad del problema y le permite a la persona excluida de todo reconocimiento aparecer en su propia categoría desadaptada, un poco como los sillavejeros que les dan a las sillas viejas una segunda oportunidad de vivir, a condición de mantenerse separadas de las sillas “normales”, nuevas y relucientes. ¿Esta solución es tibia, podría decirse? Imitar cualquier estilo típico de la escuela de arte solo por querer dar la señal de no ser naïf sería ineficaz. Pero quedarse en el domingo de la pintura sería una recaída en los problemas del naïf.

¿Qué hacer, entonces?

El problema es el mismo del que trata Rey Lear: el mal gobierno está desencadenando una crisis en la atmósfera, que el duque de Gloucester explica en un monólogo muy esotérico pero también muy actual: así como los eclipses influyen sobre los asuntos del estado, el desorden político genera trastornos en la naturaleza, la desorganización del planeta como sistema, una catastrófe climática. Pero Lear lleva la solución en el bolsillo, en la forma de un libro de tapas de cartón del que sobresale la punta y al que es fácil reconocerle las cejas, adivinar la mirada de Eva Perón.

El libro de Eva trata justamente de establecer nuevos equilibrios entre el sentimiento y la técnica, entre la naturaleza y la justicia, de forma que el mundo y la vida se organicen en una “razón” (el amor). La enseñanza de Eva a Lear es que, en un mundo arrojado a la violencia, la justicia no puede venir de los sentimientos (ya que a lo sumo puede servirlos, pero no emanar de ellos).

Y de lo que no puede hablarse es de reconocerle lugar a la persona destituida o silenciada y al mismo tiempo y en el mismo lugar no abrir los ojos y los oídos a las formas de hablar y de mirar que rompan la norma. Por eso desde el punto de vista de Eva no existe el “arte naïf” entendido como tarea dominical de beneficencia; solo existen los derechos y los lenguajes latentes, marginados. Cucurto encuentra lecciones en la novela de Arenas y en la vida desprotegida de lxs pintores del under de Nueva York de los años 1980, que grafiteaban galpones portuarios y túneles de subterráneo abandonados no por coqueteo con la vida lumpen sino porque su propia existencia ocurría al borde de la destitución jurídica. Pero no es un pintor histórico, a la manera en que tuvo sentido para cierta pintura, también en la década de 1980, simular un retorno a la cultura alta, a la “gran tradición occidental”. El Shakespeare de Cucurto es un Shakespeare de basural, un Shakesperare cartonero, parecido al teatro de milagros que el mismo Shakespeare debía frecuentar en su infancia. Cucurto a veces corrige los libros que usa, para que no queden dudas de que la pintura hace algo más que ilustrar la literatura: al revés, él elige la literatura que va a usar de material como un director de teatro (y hay mucho de regisseur loco en Cucurto el pintor, que parece escribir óperas a escondidas del público que pasa frente a los cuadros.)

El tema de las óperas sería un gran manto moral de genios y emociones, cuya tarea es mantener el planeta unido. La mezcla de referentes literarios, artísticos y políticos de distintos lugares y épocas hace pensar que lo que pasa en un lado también pasa en el otro, que todo está conectado, que el sufrimiento propio es el ajeno (“Silvia Plath is Latina”, preconizaba Cucurto), y en fin, una idea muy romántica: el arte es la hermandad de todxs lxs artistas. Pero si la lucha es la otra cara del amor, el ideal artístico de Cucurto es conflictivo igualmente. Por eso los cuadros tienen los tonos del atardecer. Este ideal de la lucha es parecido a la teomaquia de los mitos griegos, una batalla en el cielo que de lejos se ve como un desfile entre las nubes con el color de la miel. El tema de la batalla, el asunto a saldar, es una pregunta abierta, una tarea: qué artistas queremos ver en el futuro, qué historias queremos escuchar. ¿Quiénes van a ser lxs protagonistas del arte?

PRENSA

Por Ana Martínez Quijano
ámbito.com

EDICIÓN DIGITAL
11 Noviembre 2020

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En un edificio de líneas puras, en la calle Wenceslao Villafañe de la Boca, Alberto Sendrós inauguró una nueva galería. Las poderosas pinturas de Washington Cucurto (1973), libremente montadas por Diego Bianchi, derrochan energía en la inmensa sala blanca.

Cucurto, editor, poeta, novelista y pintor, mantiene el poder de choque heredado -en parte- de las portadas de los libros de la editorial Eloísa Cartonera que fundó, durante la crisis de principios de siglo, junto a Fernanda Laguna y Javier Barilaro. Los libros, realizados con cartón comprado a los cartoneros que cobraban por el trabajo de hacerlos, tienen textos de escritores como Aira, Piglia o Fogwill. Se vendían en el local No hay cuchillo sin rosas de la calle Guardia Vieja, a un precio accesible. Así, la editorial cartonera contribuyó a cambiar las leyes de circulación de la literatura. En 2012 Laguna y Barilaro ya habían abandonado el proyecto, cuando la Fundación Príncipe Claus le otorgó a Eloísa Cartonera, desde entonces hasta hoy en manos de Cucurto, el Premio Mayor: 100.000 euros.

Las pinturas de la muestra “Choreos e improvisaciones” evocan las de Jean Michel Basquiat. Allí están las calaveras y el graffiti. “Los chicos nunca llegan a ser hombres se convierten en esqueletos y calaveras”, escribía Basquiat en medio del vértigo de su corta vida. Con el método del “choreo” que desde los años 80 se acepta e, incluso, venera, Cucurto se apropia del arte que cruza la escena del East Village neoyorquino en esa década.

Schnabel, con su estilo expresivo y la pincelada suelta, es autor de las películas “Basquiat” y “Antes de que anochezca”, donde cuenta la vida del escritor cubano Reinaldo Arenas. Cucurto ingresa en el mundo literario y configuran una intensa y desgarradora reflexión sobre la vida y la muerte, la búsqueda del poder, los anhelos de libertad y los sueños.

La novela de Arenas, “Celestino antes del alba”, relata la historia de un chico que en la Cuba de Fidel Castro escribe sin que nadie le haya enseñado. La analogía con Cucurto, que no terminó la escuela secundaria, surge espontáneamente. El relato visual es formidable. Las palabras, los versos de Celestino, personaje fantasmal creado por Arenas como un alter ego para escapar del autoritarismo, irritan a la familia. Al punto de que su abuelo empuña un hacha para talar los troncos grabados. La inscripción dice: “BESTIAS, BESTIAS, BESTIAS”. La palabra escrita en trance, se reitera como un mantra. Nadie sabe leer, pero sienten la escritura como una amenaza. Las pinturas pobladas por seres sobrenaturales, ostentan rastros del Picasso surrealista y de Wifredo Lam y sus junglas. En el paisaje los colores son radiantes y predominan los amarillos, ocres, verdes, rojos, negros y blancos.

La literatura inspira a Cucurto la serie dedicada al “Rey Lear” de Shakespeare, una de las tragedias más oscuras de la literatura universal. El texto crítico de Claudio Iglesias relaciona el drama de Celestino y la muerte de Cordelia, hija del Rey Lear. “En grado inverso al personaje de Arenas, a ella las palabras no le salen de la boca y no llega a decirle a su padre cuánto lo ama. Lear se ofende por esta falta de elocuencia (que confunde con frialdad de corazón), la deshereda y deja el reino en manos de sus otras dos hijas, más locuaces pero malvadas. Como resultado del mal gobierno de las hermanas, la atmósfera se desorganiza, el caos se apodera del reino y el viejo rey debe salir a restablecer las leyes”, observa Iglesias. Los colores se aplacan y el Rey Lear encarna la violencia blandiendo su espada.

En las grandes dimensiones de los cuadros, este particular arraigo en la palabra escrita y también en aquellas que Cordelia no llega a pronunciar, establece un vínculo extremadamente sensible entre la narración y la imagen. La brutalidad que acarrea la búsqueda del poder, tiende a ser comprendida de inmediato por el espectador. El proceso de producción de Cucurto, sus intenciones y el sentido de su arte quedan a la vista.

Finalmente, en las bellas oficinas surge el recuerdo. En 2014 y luego de once años, Sendrós cerró una galería que había ganado fama en el pasaje Tres Sargentos. Nicanor Aráoz, artista que hoy sorprende al público del Museo Moderno, selló la despedida. Allí mismo tuvieron sus primeras muestras los exitosos Matías Duville, Luciana Lamothe, Diego Bianchi, Leo Estol, Gabriel Chaile, Catalina León, Carlos Huffmann, Martín Legón y Mariana Tellería; además de Ana Gallardo, Marina de Caro, Santiago Porter y Feliciano Centurión. Luego, el intento de crear una galería con funciones similares a las de un museo no prosperó. Sendrós vuelve hoy a trabajar en lo que sabe. Entretanto, ¿cuáles son las cualidades de un buen galerista? Desde Ambroise Vollard hasta Larry Gagosian, pasando por Kahnweiler y Leo Castelli, hay varias coincidencias. Y Sendrós posee una virtud: un ojo casi infalible para encontrar talento, para ver y presentir un gran artista. Luego, con los años, sumó la rara cualidad que poseía Ruth Benzacar: crear y formar coleccionistas.

Por Washington Cucurto

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Por Verónica Abdala
clarin.com

EDICIÓN DIGITAL
28 Septiembre 2020

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En una propuesta online, el Museo de Arte Moderno presenta los resultados de una encuesta nacional, junto con obras de artistas y una reflexión interdisciplinaria.

Hay, entre los datos, uno que dice mucho: mientras el 54,3 por ciento de los encuestados para un estudio juzga que los argentinos caen en actitudes racistas, el 92 por ciento declara ser "nada o poco racista". En otras palabras, el problema se percibe pero... en otros.

Este es uno de los resultados que arroja una encuesta nacional que encargó y difunde el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y que apunta a esclarecer cuál es la percepción que los propios argentinos tienen sobre el problema de la discriminación. En ese sentido, apunta a desentrañar qué significa ser indígena, ser blanco, ser negro, ser mujer, ser trans, ser pobre, y en qué medida los mecanismos de segregación se invisibilizan o no se reconocen como propios.

Pero los datos duros no vienen solos, sino que llegan acompañados por una serie de obras artísticas, que podrán verse hasta el 11 de octubre en el sitio web del museo, y que sirven para acompañar la reflexión.

Así, inspirados tanto por las convulsionadas revueltas que provocó el asesinato de George Floyd en los Estados Unidos como en los ataques de los que fue víctima la comunidad Qom en Chaco -una familia denunció que fue violentamente reprimida y golpeada dentro de su casa por las fuerzas policiales-, entre otros antecedentes recientes, los artistas y autores convocados se prestan a participar del que termina siendo un abordaje interdisciplinario del problema de la discriminación.

Entre los materiales que difunde el museo, se puede ver, por ejemplo, una charla entre Fabiola Heredia, directora del Museo de Antropología de la Universidad de Córdoba, y Shila Vilker, directora de la consultora TrespuntoZero, quienes repasan los ejes de la encuesta “Miradas hacia la discriminación".

También es posible apreciar la obra plástica del poeta y editor Washington Cucurto (Quilmes, 1972), que se inspiró puntualmente en el caso de Floyd; ver en un video el trabajo del artista plástico Sandro Pereira, y conocer las reflexiones del colectivo Identidad marrón, integrado por descendientes de los habitantes originarios de América y que busca visibilizar el racismo estructural en Argentina desde una perspectiva crítica.

La campaña Rap contra el racismo, creada por la Diáspora Africana de la Argentina (DIAFAR), invita a su vez a la reflexión en torno al racismo estructural.

Los datos que arroja la encuesta
Las opiniones de los mayores de 16 años que fueron consultados vía online a lo largo y ancho del territorio nacional, según detalla Victoria Onassis, del equipo de Comunicación del Moderno, revelan que un 54,3 por ciento cree que que los argentinos son "muy" o "bastante racistas", mientras el 43,3 por ciento relativiza el problema.

Al mismo tiempo, un 50 por ciento considera que la discriminación por motivos raciales en la Argentina es "grave" o "muy grave", mientras que el 71 por ciento juzga también "grave o muy grave" la forma en que se discrimina "por ser pobre" y el 40 por ciento considera que sobre los inmigrantes pesa una discriminación igualmente considerable, así como sobre las mujeres: el 53 por ciento percibe que éstas son atacadas por su género.

Eso sí, así como siete de cada diez creen que los argentinos diferencian a las personas según son más ricas o más pobres, cuando se les pregunta a título personal, solo el 9,8 asume que hace esa diferencia en relación a la clase y el poder adquisitivo al juzgar a otros.

Entre los "principales motivos de discriminación" se perciben: la clase social (36,7) y el país de origen (20,4).

Cuando se les consulta a los encuestados cuán grave diría que es en Argentina la discriminación hacia las disidencias sexuales (homosexuales, lesbianas, travestis, trans), el 55,8 por ciento juzga que los efectos son de una gravedad extrema o "bastante grave".

"Si bien el racismo es asociado al desprecio motivado por procedencias étnicas, en estas latitudes se entrama y manifiesta en otras formas de discriminación como son el género, la clase o la adscripción religiosa", explican desde el museo.

Desde el Moderno asumen que "si bien el racismo es asociado al desprecio motivado por procedencias étnicas, en estas latitudes se entrama y manifiesta en otras formas de diferenciación social como son el género, la clase o la adscripción religiosa. Por eso proponemos entonces dispositivos estético-políticos como disparadores para preguntarnos: '¿Soy racista?'"

Artistas que crean a partir de lo que piensan y ven
Invitado a crear a partir de diferentes formatos, Cucurto, que ha hecho del tema de la inmigración un eje y leit motiv de su literatura, tomó el asesinato de Floyd, ocurrido en Minneapolis en junio de este año, para dar cuenta de los efectos del racismo en una serie de obras en las que conviven referencias al cómic y al arte callejero. En las pinturas-collages que presenta, construye retratos urbanos donde la violencia policial encuentra sus víctimas entre personas racializadas y marginalizadas.

El escritor -que en noviembre de este año tiene previsto, además, presentar una muestra de pinturas en la galería Sendrós de Buenos Aires- publicó a lo largo de su carrera más de cincuenta libros entre narrativa, poesía y poesía visual, y es autor de Cosa de negros, en el que aborda la problemática de la discriminación y relata una historia que describe la violencia machista en el ambiente de la cumbia, y también tiene como ejes al amor, el sexo, la lucha de clases y el movimiento inmigracional durante los 90 en Buenos Aires.

Así como sus libros, las pinturas-collage reflejan los prejuicios que pesan sobre los inmigrantes, y el propio interés por comprender la dinámica urbana y la violencia que ella engendra.

El colectivo Identidad marrón presenta una revisión histórica de las artes visuales argentinas, predominantemente habitadas por una perspectiva blanca: "Es difícil, hasta el día de la fecha, dar visibilidad a artistas marrones-indígenas", plantean.

A su vez, en el marco de la misma propuesta, el museo ofrece una playlist de Spotify inspirada en el tema del racismo, que corrió por cuenta de los curadores Jorge Haro y Leandro Frías: parten de una serie de álbumes con sonidos provenientes de África a los que les siguen otros que dan cuenta de sus transformaciones, derivaciones y adaptaciones en el continente americano.

Los contenidos de este programa del Moderno fueron producidos en colaboración con Fabiola Heredia, directora del Museo de Antropología de la Universidad Nacional de Córdoba.